domingo, 8 de junio de 2008

DELFINA ACOSTA


MI PRIMO Y YO

Tenía la edad del limonero de la casa (nueve años), y me relamía los dedos con pensamientos que acababan desconponiéndome, pues me quedaba con los ojos muy abiertos, hasta altas horas de la noche, sin oír siquiera al violín del grillo. Entonces, mi abuela me acercaba un vaso de leche, diciéndome: “Ya otra vez estás en trance. Cualquier día terminarás loca. Estás de cabra. Eso. De cabra. No se debe pensar tanto a tu edad”.
Me hallaba enamorada. Mi corazón era como un árbol dentro de una casa, un árbol que crecía rompiendo tejas y aleros. Sus frutas eran el mismo incendio pues las puertas y las cortinas desaparecían, bajo el fuego, hasta que sólo quedaba una ventana desde la que miraba, melancólica, un horizonte de pájaros negros.
Me gustaba hablar conmigo misma en un lenguaje que era la mismísima niebla. Pensaba en mi primo como se piensa en la lluvia, en las hojas llevadas por los pasos apresurados de la gente, en el viento de la llovizna, en la noche alumbrada por un parpadeo de luz fosfórica.
Ya no recuerdo casi las facciones de M. A. Sé que era inteligente. Sabía trigonometría, botánica; era el mejor alumno del colegio, solía entrar en crisis nerviosas, y parecía adorarme como lo adoraba yo.
Jugábamos a los indios. A veces venía a liberarme de la indiada, que era rebelde (los primos, entonces, amenazaban con dejarme devorar por las hormigas rojas que subían por el guayabo). Abrazarme muy fuerte, llamarme reina cautiva, volverme a atar con la piola, formaban parte del entretenimiento. El juego tenía un guión de muerte, traición y despedidas.
Éramos niños, la sangre nos quemaba las venas; amaba sus ojos negros donde brillaba la chispa de la genialidad. Solía fijarse, a menudo, en los limones de mi pecho, pero no se atrevía a morderme, a bajar su cara sobre mi cara. No era que no queríamos besarnos por temor a que nos viera la abuela. Sentíamos el temor real a lo otro, pues nos atreveríamos a todo, después, si empezábamos por las bocas.
Nos encantaba tomarnos de las manos. Y abrazarnos hasta que la inocencia estallara. Mi primo desarreglaba mis cabellos; tenía bronca contra mi pelo lacio. Se suponía que debía enojarme. Pero me quedaba fea, quieta ante sus ojos, con los cabellos desarreglados y el corazón pisando el vestido de mi entendimiento. Como en las películas del lejano oeste, yo era una india sublevada y dañada por el amor de un hombre blanco, que en breve retornaría a la civilización.
A la noche, tumbada sobre el lecho, pensaba una, dos, siete veces, en él. Diera cuanto era porque me besara.
Imaginaba que iba a la colina, y que lo llamaba, al caer la tarde, y que él aparecía saliendo de mí misma, de mis alucinaciones, plantándose ante mi figura.
Haríamos el amor, bajo la luna roja y loca, sobre el pasto apenas mojado. No iríamos en sangre.
Pienso en mi amor infantil y el alma se me llena de hojas secas. Entonces era pequeña y me juraba a mí misma que no me casaría con otro que no fuera M. A. Me miro en el espejo: muchos espíritus tristes se van arrimando a él. Hay un llanto de muertos en la habitación. Y un olor a jazmines viejos.
Afuera, un perro ladra a otro.
El macho corteja a la hembra. Las moscas vuelan en torno al cadáver de un gorrión sobre la vereda mugrienta. Un niño observa la escena y arroja una piedra contra las bestias.
El espejo me devuelve la imagen de una mujer que todavía sueña que es niña, y que aguarda la llegada, de un momento a otro, de su primo.
Podría jurar que el amor de la infancia es el más fuerte de todos los amores.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

ERES AMOROSA !!!
GRAN AMIGA, QUÉ GESTO EL TUYO !!!
D. ACOSTA

Anónimo dijo...

UN LINDO CUENTO QUE LINDA CON LA REALIDAD DE LAS FAMILIAS.
FELICITACIONES.
LILIANA IGLESIAS